El piano es un baúl de secretos donde incontables amores han sido guardados, delicadas inocencias están dentro, furias y tempestades caminan sobre las cuerdas, alegrías lloran esperando ser desencadenadas para inundar el viento con historias, tristezas y angustias. El piano es un baúl con muchas llaves, blancas y negras; que despacio y suave, o fuerte y rápido son liberados estos secretos por partes. El piano es una caja cerrada con claves escritas y cifradas en partituras. El pianista tiene por labor abrirlo, depositar con las manos la combinación para que ese baúl cante y cuente todo aquello guardado. Muchas veces son secretos nuevos, que incluso el pianista guardó dentro- entonces se descubre frente al público. Otras veces son llaves enormes labradas a mano hace muchos años, y las canciones cuentan los secretos de los compositores de siglos atrás: Chopin, Bach, Mozart y más, tienen secretos dentro, que comparten con todos los pianistas, que intercambian con ellos. Pero también hay llaves no escritas, llaves que las pianistas y los pianistas tienen, que llevan consigo todo el tiempo y que no son de metal. Son llaves de materia y de alma, son pequeños movimientos de apenas unos milímetros o centímetros, ligeras curvaturas en un dedo o en otro, un desliz en las octavas, un pequeño y breve pero súbito salto, un parpadear: son estas las otras llaves que no vienen en las partituras y ni son memorizadas. Es un secreto, una caricia mustia o un toque firme lo que convenció al Petrof de abrirse esta noche.
El secreto para enterarse del secreto; si uno pone atención, si apunta sus oídos a la voz puede escuchar en momentos el duplicado, el eco de la soprano, cómo en la sala existe por momentos una doble voz que aun escuchándose el último rezago, lo que va quedando de las palabras cantadas, la cantante inicia una nueva frase y mágicamente se reproduce ella dos veces; es ahí donde se cuenta el secreto.
Entonces si uno pone sus ojos en el piano y sus oídos en el sonido que emana, verá que es todo un lago negro de madera, un lago oscuro y profundo, brillante y brioso que por encima de las teclas se convierte en espejo y podemos ver cómo ve él a su pianista, se reflejan las manos, cada minúsculo movimiento, cada clave ya descifrada transformada en caricia, en golpe o en galope, las llaves que abren el piano baúl. Y convencido accede el Petrof a por su voz contar los secretos que alguien más guardó.